viernes, septiembre 3

Susurro




Es un silencio armonioso
un sin fin de sencillas sutilezas
sobre su belleza, y ella
el semblante sobrio.

Somos dos solos
subiendo al sol,
al son
de un susurro sordo.

Soslaya su sonrisa
son sus hombros, su silencio
son sus ojos.
Sus labios se enciman despacio
a un "sos..." que se esfuma
en su esencia, y sus oídos no son
sino el sabor
blando de una boca
tibia, húmeda, dulce, que tiembla
fluctuación, entrecruzamiento,
abrazo oculto de lenguas.

Y es un surgir de suspiros encimados,
sólo sinceridad y sus gestos
amenizan ese ocio sabroso al son
de susurros melodiosos/ besos
candorosos, suaves, sosegados/
secretos
silenciosos.



martes, agosto 24

Ya no están.

o sí, pero cambian (y ahí están, y es igual)

estudiar/trabajar/o…

o

ooh…

¡ser quien soy y hacerme escuchar

cuando vengan a preguntar!

Y esperar /

esperar

/// esperar

sólo por molestar

para no seguir como mono

en estampida

por la vida… ¿hasta dónde?

Dime tu amigo, dime

pero no mientas

ya sabes que si inventas

el barrilete va cruzado

y terminaría en Quién sabe dónde

recibiendo los llamados

de las líneas gratuitas

que reclaman por papa-fritas

que en lugar de sorpresitas

provocaron, epidemia de diarrea,

bien lejos de esta Aldea

porque aquí donde se fabrican

¡Ya se nos hizo costumbre!

Caminar por el costado

de una calle-canal de caca

y mirá si la sacamos barata…

Allá, Alan a Bárbara habla atrás

del retrete que de frente es

chorro loco, por porotos chotos

uuh! un pururú!

Y sí… crisis, crisis

es de heces, que en tres meses

lo solucionaría la administración,

que bien tapado en caca vive,

Pero vestida siempre a la ocasión.

No vaya a ser cuestión

que lo descubra el cliente

¡o peor!: el- Pre si den te

de la ad mi nis tra ción.



Dime tu, amigo: dime

cómo ves la situación

¿Tienes alguna opinión

ante el mundo que nos toca?

¿o prefieres fernet y coca,

meta juerga y en pelotas,

ser parte de esta ciudad loca

tapada en caca que al rato explota…?



“ A mí que me importa,

A mí que me importa,

como torta, y ¿sabés qué?

¡Yo corro con mi fernet!

Si voy ciego: ¡nadie me ve!

¡Solución a mis problemas!

Corre, corre, corre

por la calle, como flema

que despide el fumador

contra la pared inmaculada

¡listo, punto, fin, más nada!

Se acabó lo que se daba,

la vida ha concluido.

¿habrá un paraíso perdido?

Yo qué sé ¡qué me importa!

¡Vamos, corre, corre corre

meta torta, fernet, juerga…

y en pelotas!"

sábado, agosto 14

ROMANCE DEL PRISIONERO

Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba el albor.
Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón.

miércoles, agosto 4

.





lo bue
si bre,
dos veces
bue.



(Oche Califa)

sábado, julio 31





Denle al vano el oro tierno
que arde y brilla en el crisol:
a mí denme el bosque eterno
cuando rompe en él el sol.


(José Martí)

jueves, julio 29

El recuerdo llega de algún modo
donde fuimos yoyella
donde fuimos un todo,
un cielo en mil estrellas

nos perdimos con el doce
que conduce mi doncella
armamos carpa y reconoce
"lejos quedó cualquier huella"

Allá perdidos en el fondo
fuimos campo descampado
fuimos luciérnagas, río hondo,
mil croares encantados.

o dos cuerpos fuimos, más nada
sin timón, naufragando el Mar Deseo
en una nube a lo azul zarpada.
Iba al vaivén de tu parpadeo
y va al vaivén...
si algún recuerdo,
me lleva allí de nuevo.

martes, julio 13

Lacajonera

Estudió publicidad/
desconoce destino fatal/
impersonal/
esclavitud actual.

Estudió publicidad/ interés por diseño/ colección de afiches/ ignora que en conjunto cuentan historia más compleja: diez esquiadores van a descender por las piernas de una chica y a colisionar con una vaca más grande que los dos afiches primeros. Cinco personajes miran en distintas direcciones indicando objetos de la pieza cuyas iniciales esconden un nombre... m-a-r-t-a.../
no lo sabe/ no le interesa/ ansioso por una llamada.

Entra/ se tira en la cama/ zapatillas puestas/ globos con chicle/ duerme/
medio día/ (casi la una).

En el fondo, ocupando la esquina opuesta a la puerta de entrada, está Lacajonera. Seis cajones de alto, sobre una base de cincuenta por cincuenta, le faltan dos perillas, y tiene las puntas gastadas a expensas de golpes vaya a saber uno con qué.

Suele pasar por alto al visitante, porque a la vez de cajonera, también cumple el rol de Estantería. La tapan por encima unas veinte miniaturas de colores chillones que varían entre muñecos a cuerda, recuerdos de La Boca, porta-sahumerios, viejas sorpresas Kinder, un desodorante... y demás cuestiones que no nos interesan ahora, porque realmente no son parte de Lacajonera. (Ella es otra cosa), algo que está debajo de ese montón de chucherías, impuestas por una absurda mal interpretación de su esencia (pobrecita).

se levanta/
abre el segundo/
el tercero/
le arranca una remera roja/
patea el tercero/
el segundo/
sale

Sus cajones -que a veces, con la presión de algún buzo, crujen- han perdido por completo su función Ordenadora. O mejor aún, adoptaron un sistema mucho más complejo de almacenamiento (en su mayoría de vestimenta) que sigue su propio orden,- y aunque él no lo sepa-, así como está: en Lacajonera uno siempre siempre podrá encontrar (en su justo lugar) tal o cual bermuda o pulóver. Esto, que para algún empleado administrativo, un archivólogo o un coleccionista sería "Lo caótico", es lo que prefiero llamar: "Lo auténtico":

Los tres cajones de abajo albergan en bloque una masa arrugada y multicolor de prendas aprisionadas. De ahí, con paciencia uno puede adivinar los distintos grupos sociales que le dieron cabida años atrás. Casi podríamos hacer una línea histórica (un mazacote arrugado histórico) pero él, no. Hoy da todo eso que ha hecho, todo eso que él es… al olvido. Por ejemplo: cuando un short deportivo o una camiseta amarillenta se dejan ver sobre el montón, para empaparlo con un baldazo de pasado... lugares como la explanada donde jugaba al básquet, allá en cuarto grado; o mateando con el abuelo que en ese momento usaba esa camiseta... No. Él no le da importancia. Sofoca de entrada toda traslación temporal con un indiscreto cajonazo.

Los dos que siguen tienen una vida mucho más dinámica. Y eso se nota a simple vista por la falta de perillas y el desgaste de las puntas. De ahí, entran y salen casi siempre remeras, y algún buzo. Las veces que la velocidad de la rutina, se conjuga con la inevitable necesidad de verlo todo Ordenado; comprimen al mínimo (contra la voluntad de tales ropajes) un pantalón o una campera (de más está decirlo, contra la voluntad de tales ropajes). De la presión que hacen por salir, y la que él hace al empujar, resulta la imagen de una Lacajonera que parece empachada, asqueada de ropa, tratando de escupir alguna manga.

El último cajón de arriba corresponde a la ropa interior. Y es el único que permanece ordenado, pese a la ya descripta veloz e irrespetuosa utilidad del mueble. Tal vez sea porque tiene pocos calzoncillos, o porque de chico heredó la costumbre de hacer pelotas de trapo con sus medias. De cualquier modo, este cajón es el Orgullo de Lacajonera.

entra (con Ella)/
abre el primero/ esconde condones/
sale (con Ella)

Tres condones, dos dados, un yoyó, hilo sisal. Un viejo control remoto, tres, cinco naftalinas, un antifaz. Dos lentes de sol (uno de la tía), un guante, un gorro, una funda para una bolsa de agua caliente. El otro guante, el rosario de la abuela, una moneda vieja, recuerdos de Ella, y la tan predecible ropa... hacen de esa simple estructura maderil: Lacajonera.

Llaman al celular/ -“sí sí, por supuesto, ahí estaré”-/ los “creativos” lo “aceptaron” para “laburar”“ad-honorem” en una “Boutique creativa”//

despeja la cama/
vacía limpia los cajones/
uno-a-uno los cajones/
tira la rota ropa, y Ordena/
sobre todo: Ordena
los cajones/en grado ascendente/
según nivel de abrigo, según frecuencia de uso/
porque es más rápido/ eficaz/ según/ y en orden.

domingo, mayo 30

OTRO OTOÑO



Está ahí… ¡Ahí! Justo abajo de gigantes montones de hojas secas ya a punto de caérseles encima, pero no…recisten hasta el último unidas a altísimas ramas de árboles que acaso tengan doscientos, trescientos otoños.


Está ahí… se cree invulnerable detrás del mostrador, detrás de puchos, caramelos y el enorme cartel que promociona unos horribles chicles de menta.


Está ahí… pensando cuándo más aumentará hoy ( que es sábado), el precio de sus pebetes, o sus gaseosas que obligatoriamente le compren por ser el único del parque.


(En lugar de temer).


O regalarle al otoño una plegaria para que no lo haga. Para que un día de estos no se canse de su casucha (que es tan de chapa, tan antinatural), y la sepulte bajo metros, toneladas, montones y montones de muchas (muchísimas) hojas secas.

martes, abril 13

algún domingo

Aceptar la muerte. Aprender a morir, a pasar al más allá como una serpiente cambia de piel o un ciervo deja caer sus cuernos viejos.
¿Pero dónde está Lucrecio cuando una obsesionada te amenaza de muerte? ¿Habrá sentido alguna vez el vértigo de ser en cualquier momento carne del absurdo? ¿Acaso lo sentís vos? Pero en algo tiene razón, para qué se lo vamos a negar… Al final, tarde, temprano, ya, o aprendemos a morir o somos días enteros de agonía al reverendo vicio.
Creo en un más allá. No temo morir. Mi inquietud es otra… ¿En qué consiste sentarme nueve días para aprobar los primeros dos parciales del segundo semestre de Letras? Digo, ¿Qué es tanto esfuerzo pesado en la balanza con el absurdo? Quitemos a la loca si quieren, pensemos en una guerra por petróleo: ¿? O peor: un resbalón en la ducha. Un asesino a sueldo que se equivoque de domicilio. El típico piano que se descuelga del piso trece. Ahogarse con un estornudo. Hay dos hipótesis de sentido (mientras dure esta media hora de ciber):
a) Todo lo que hacemos termina en una muerte que no es menos absurda que la muerte de un mosquito.
o…
b) Todo lo que hacemos es tan trascendental y fuera de nuestro razonamiento como la muerte de un mosquito.
Yo también creo como Montaigne que si alguna vez la naturaleza se compadece en abrirse y mostrarnos sus guías de funcionamiento, nos caemos de culo.
Sí, y eso es todo. Vivir/Morir tranquilo (como si fuera cierto).
¿Como si fuera cierto qué? Ves, siempre me dejás picando estupideces por el estilo. Que molestos me parecen los que saben. Autosasitfactoria complacencia de creer saberlo TODO. ¡Ah… soberbio! Qué. ¿Qué querés saber?
No ves que ni esto es un monitor, y tampoco este diálogo existe más que en signos que les ponemos a las cosas para creer que las vemos…
Sí, ya se que lo sabés. También sé que lo contás en un asado para hacerte el pistola. Lo sabés pero no podés ver más allá de esos signos chotos, rótulos de mierda que le ponemos a cosas de las que nada, nada de nada sabemos. ¡Ayy, Mario...! Si es la tercera vuelta que le das a esta plaza y nada baja tu panza que se alimenta de tu imaginario, ¡porque no estás gordo, Gordo! ¡Lo que pasa es que el resto está flaco!
¡ves que no sabemos nada! Vos ni ese gordo. Y yo peor, porque estoy completamente ciego, mirame, te analizo por no poder mirarme, ¿qué bonito, eh?
Si sabemos que nos vamos, ahora ¿qué hacemos? Vos corré (si te da la gana). Yo por ahora me voy a un lugar más lindo, me pudre el olor a abandono que tiene esta caverna repodrida y meada por cada barbudo empecinado en darla vuelta como una media, y quien más quien menos se pasan las tardes mirando como el resto corre en la plaza

miércoles, febrero 10

El Julio

Agotado quedó el Julio. Jamás pensó que lo joderían de ese modo. Pero... ¡será posible, che! si se pasó más días en la calle que en la escuela... cómo pudo ser...


Julio tiene 36 y una espalda para dos reses. Siempre abre unos minutos después que comienza su programa de a.m. favorito. Un locutor rabioso comienza a gritarle todas las noticias amarillistas que se le ocurren. Pero el no le da pelota, sólo le gusta sentirse acompañado cuando levanta las persianas, cuando abre la heladera, cuando ese olor a carne cruda le da la bienvenida. Esa mañana nadie gritaba de ningún transmisor. El programa no había empezado todavía. Pasó que el Julio estaba desvelado en ese 5to piso cucarachiento y se le dio por abrir media hora antes.


Al menos un mate le comparte, a diario, su vecino el verdulero. No se desprende del verde mientras pinta los precios en la pizarra con una precisión renacentista. Hasta media mañana se la pasa con el pincel, chamullando, entre mates, con el Julio y su radio. No se salva nadie. Entre los dos hacen una enciclopedia de los chimentos. Sabían los puteríos de tres cuadras a la redonda. El que siempre ligaba, apenas abría el negocio, era el chanta de enfrente. Vendía calefones, y se sentía con mucha más importancia de la que en suerte le toca. Por esa razón habría una hora después que el Julio y el verdulero. Mientras su empleada barría la vereda, a estos los relojeaba, parado en el primer escalón, con los brazos en jarra.

-Que te juego, si le lanzo desde acá el cuchillo para cortar zapallos le dejo el marote calado

-Dejá, no te envenenés solo... ¡si no vale un cuarto de cuadril podrido! Además ¡debe ser más gorriado que el gringo Chuti!

A paso largo se cruzaba el vendedor de calefones y pasando a metros de los muchachos, murmuró algo sobre la vagancia y la condición del país, a lo que el verdulero, dejando la palabra cebolla por la mitad, se le fue por la espalda, y lo sacudió con un tremendo sopapo de nuca. Se fueron a las manos con puteadas fuleras, y cuando el Julio le puso una mano a cada uno... al otro ya le colgaba la camisa desgarrada y al verdulero le sangraba un poco el labio.

Pero de esa escena violenta por suerte no se pasó a mayores, y en estos días no hay señal de que quisieran encontrarse de vuelta.


Hoy el Julio abría las persianas que chirriaban más de la cuenta en ese barrio donde ni el sol había llegado. Con rapidez disimulada se fue a prender las luces, porque el Julio era muy grandote pero siempre le tuvo algo de miedo a la oscuridad, sobre todo desde la vez de las escondidas.

Primo menor de una tribu de ocho más como él. Una noche, boludeando en el establo de la casa del Renzo, en Río IV, a uno se le ocurrió una escondida. Escondiendo primero el miedo a esa noche (que de llovizna pasó a relámpago estruendoso), todos aceptaron. Antes de que el Renzo llegara a los cien, el Julio - que a los 6 no era tan grandote- se escabulló en el segundo estante de un gran armario viejo. Mala suerte tuvo de ser visto por los mellizos. A esa edad se pasa de maldad en maldad con mucha rapidez; rapidez como la que habían tardado en complotarse para encerrarlo con candado y salir corriendo. A los ruidos sospechosos y carcajadas burlonas, respondió el Julio con un empujón al pedo; porque la puerta rebotaba contra el candado sin abrirse. Desesperado gastaba patadas y puñetes contra el armario. Tanto escándalo hizo que el armario se desfondó, y Julito vino a dar a un desparramo de herramientas, la cual más grande, justifica esa terrible cicatriz que le sube violenta desde el estómago al lateral derecho.


Bien le vendrían unos mates del verdulero mientras limpia el mostrador. En verano, “el matadero” (como le decían en el barrio), junta más olor que de costumbre, y por eso es prudente tener todo bien trapeadito.

Después que con mucho laburo desengrasó los cuchillos, se agachó contra el trapo de piso, y tuvo que ahí quedarse porque un caño más frío que el trapo, amenazaba con volarle la cabeza.

- Te parás bien despacito, loco. Ponés los brazos en la nuca y me decís dónde está la guita. ¡Los brazos en la nuca! ¡dale! No me jodas que me pongo nervioso, ¡dale! ¡aflojá donde guardás la guita! ¿te hace falta un tiro para acordarte, gil!? ¿Qué te hacés el boludo? ¡mirame, mi-ra-me!...

-shh, pará, cliente.

Afuera, con más trabajo que el choro para domar al Julio, una vieja de incontables años, subía con mucha concentración los tres escalones ayudándose con las cuatro patas de su bastón. Cuando llegó a la mitad del negocio, recién pudo mirar para adelante, escondida en un centímetro de lente.

La tensión del maleante en su primer asalto, lo obligó a esconder el chumbo en la cintura del Julio y simular ser un socio en lo que duraba la transacción de la señora.

Tanta sutileza no era el estilo del Julio que, en lo que tardó la señora en pedir osobuco, le envolvía con su mano el chumbo y algunos dedos del maleante que se enrojecían por tanta presión. Un grito agudo sonó junto con dos dedos quebrados; grito que un puño seco del Julio ahogó en un desmayo de nariz quebrada. El maldito no se quedó sin maldad, por lo que al caer al suelo, la casualidad martilló el chumbo y una bala le zumbó por el estómago a la vieja.



Perra desgracia.


Tres meses pasaron, y al policía no tenía ni rastros de la vieja desaparecida. Todas las sospechas caen sobre la agencia de calefacción, en cuyo patio se había encontrado el bastón (brutalmente destrozado). Algunas, por supuesto, caen también sobre la verdulería y la carnicería que - una vecina atestiguó- “frecuentaba la señora”.

Tres meses. Los mejores tres meses, no sólo por un leve aumento en las ganancias de la carnicería, los amargachos con el verdulero ciertamente se disfrutaban más teniendo al de los calefones tras las rejas para averiguaciones.

sábado, diciembre 19

Pequeño abismo

Hace algunos años (cuando estaba solo), me había detenido en un comentario de hoy no recuerdo quién: “Casi se separan porque a él: le gustaba poner la sábana al revés de modo que al acostarse, le quede del lado suavecito; mientras que ella, sin darle importancia, seguía tendiendo la sábana con el estampado hacia arriba.” Me puse a pensar lo importante es evitar esos conflictos por mínimos que parezcan y lo frágil que puede ser una pareja.
Pasaron los años, alguna vez mientras tendía mi cama pensaba en aquello, y me reía un poco. Tal vez me causaba algo de gracia, pero (para ser sincero) me preocupaba lo difícil que puede ser la convivencia.
Ayer me preguntó cómo tendía la sábana: si ponía el estampado hacia arriba, o lo hacia abajo para después acariciar lo suavecito… Claro que estaba preparado, y no me fue difícil responder con toda tranquilidad. Admití mi indiferencia, y así dejaba cualquier confrontación que –por más estúpida que parezca- supo llevar a la ruina a otras parejas.
¡Qué satisfacción! Ojalá no hubiera sido tan pasajera. Me sentí tan inestable, como si hubiera perdido el mapa, o la linterna en el medio del bosque. Traté de calmarme, pensar que todo iba a salir bien, que no nos separarían ese tipo de cosas.
Hace unos minutos que no dejo de escribir esto. Ella está ahí y seguro me mira. Ya debe haber dejado de sonreír y le extraña que no responda. (¡Pero es que no puede olvidarse, no soporto la tensión!) Estoy perdido. No se qué se debe responder. No sé cómo seguirá el curso de nuestras vidas cuando se entere que yo, soy más de lo dulce (que de lo salado).

miércoles, diciembre 16

del otro lado

Volando dos dragones, de frente. Yo soy uno, pero de otros colores (igualmente brillantes), damos vueltas tirabuzón, a ojos cerrados. Nos unimos en un encontronazo desaforado, nos comemos mutuamente, y ahí es inevitable el vértigo.
Descendiendo por su tráquea que son kilómetros de tobogán. Abajo, un océano de almohadones. A poco tiempo de zambullirme, me succiona un remolino acolchonado en lo profundo me recupero un instante del mareo, sólo para descubrirme en la cima de un tornado-almohada que arrasa con una fábrica de caramelos.
piérdome, empáchome, emborráchome.
Duermo
y despierto. Sobre una nube despierto, una nube que alterna colores brillantes (como si estuviera riendo), y es inevitable pararse, y de espaldas (a brazos abiertos) dejarse caer sobre lo simpático, lo acolchonado
La nube se desfonda, y caigo.
Caigo durante un tiempo que no sé si son segundos-hoja-otoño
(si son kilómetros). Y disfruto. Cada nube que atravieso sublima el tacto. La superficie pareciera también caer conmigo, retardar la caída, volar conmigo. Un suave susurro de aleteos me alcanza desde arriba, y es una bandada, mil veces mil besos. Me esconden en un remolino sincronizado y me regalan un aterrizaje peso pluma.
Pasto parece. Pero es un enorme camalote con un sol celeste en el medio que me contiene, y flotamos en una laguna demasiado verde. Gira lento, naufraga. Me extraña la inclinación del cauce y, de cabeza
descubro que navego sobre uno de los colores del arco iris. Me salpican un poco el salto de unos delfines violetas y adentro estoy ahora, de la nube que tormenta caramelos, y entonces colores mezclados, alterados, alternados, brillantes, movedizos… y de a poco, recupero el parpadeo.

Los ojos abro, la veo. Me sonríe. Más caricias. Volvemos ¿volvemos? (a mirarnos digo), volvemos (a besarnos), otra vez, (despacio, a besarnos), nos reconocemos, nos recuperamos, y seguimos de este (y del otro lado) abrazados, caminando.

miércoles, septiembre 30

*


entre paraguas
saltando un charco
veo
mi reflejo

yo, me quedo... él, se va

mi reflejo
veo
saltando un charco
entre paraguas


*

lunes, agosto 10

Jolstomer, de Tolstoi. (fragmento)

“Comprendí muy bien lo que decían acerca de los azotes y del cristianismo. Pero quedó completamente oscura para mí, por aquel entonces la palabra su, por la que pude deducir que la gente establecía un vinculo entre el jefe de las caballerizas y yo. Entonces no pude comprender de modo alguno en qué consistía aquel vínculo. Sólo mucho después, cuando me sacaron de los demás caballos, me expliqué lo que significaba aquello. En esa época, no era capaz de entender lo que significaba el que yo fuera propiedad de un hombre. Las palabras mi caballo, que se referían a mí, a un caballo vivo, me resultaban tan extrañas como las palabras: mi tierra, mi aire, mi agua.

“Sin embargo, ejercieron una enorme influencia sobre mí. Sin cesar, pensaba en ellas; y sólo después de un largo trato con los seres humanos me expliqué, por fin, la significación que les atribuyen. Quieren decir lo siguiente: los hombres no gobiernan en la vida con hechos, sino con palabras. No les preocupa tanto la posibilidad de hacer o dejar de hacer algo, como la de hablar de distintos objetos, mediante palabras convencionales. Tales palabras, que consideran muy importantes, son, sobre todo: mío o mía; tuyo o tuya. Las aplican a toda clase de cosas y de seres. Incluso a la tierra, a sus semejantes y a los otros caballos.

“Además, han convenido en que uno sólo puede decir mío a una cosa determinada. Y aquel que puede aplicar el termino mío a un número mayor de cosas, según el juego convenido, se considera la persona más feliz. No sé porqué las cosas son de este modo; pero me consta que son así. Durante mucho tiempo, traté de explicarme esto, suponiendo que redundaba en algún provecho directo, pero me resultó inexacto.

“Muchas personas que me llamaban su caballo ni me montaban siquiera; y, en cambio, lo hacían otros. Tampoco eran ellos los que me hacían bien, sino los cocheros, los herreros y, por lo general, personas ajenas. Posteriormente, cunado hube ensanchado el círculo de mis observaciones, me convencí de que no sólo respecto a nosotros, los caballos, el concepto mío no tiene ningún otro fundamento que un bajo instinto animal, que los hombres llaman sentimiento o derecho de propiedad. El hombre dice: “mi casa”; pero nunca vive en ella. Tan sólo se preocupa de construirla y de mantenerla. El comerciante dice: “mi tienda”, “mi pañería”, por ejemplo; pero no utiliza la ropa del mejor paño que vende en ella. Hay gentes que llaman a la tierra “mi tierra”, pero nunca la han visto y jamás la han recorrido. Hay hombres que llaman a algunas mujeres “mi mujer”, “mi esposa” y, sin embargo, éstas viven con otros hombres. Las gentes no buscan en la vida hacer lo que ellos consideran el bien, sino la manera de poder decir mío del mayor numero posible de cosas. Ahora estoy persuadido de que en esto estriba la diferencia esencial entre nosotros y los hombres. Por tanto, sin hablar ya de otras prerrogativas nuestras, sólo por este hecho podemos decir, con seguridad, que entre los seres vivos nos hallamos en un escalón más alto que los hombres. La actividad de los hombres, al menos de los hombres con los que tuve trato yo, se traduce en palabras, mientras que la nuestra se manifiesta en hechos.”

jueves, agosto 6

Amor 77

Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.

(Julio Cortázar)

lunes, julio 20

*




Vamos de a poco, amor: Tratemos de imaginar… mi remera. Ahora: tus medias. Tal vez… ¡una habitación! Sí, una pequeña habitación con vista a un puñado de edificios circundados por autos y demás ruidos. Pero aún… no sé, le falta algo. ¡YA SÉ: UN RELOJ! Sí, de ese modo podremos saber cuán poco nos falta para hacer lo que debemos hacer...
Amor, seamos realistas: sería sofocante vivir esa ilusión.
Volvamos. Prefiero nuestra nave de timón falseado; este viajar juntos con un vaivén mariposa por inmensidades de pura nada, parando de cuando en cuando para disfrutar el instante y luego seguir, sin otro espacio concreto, que nuestros cuerpos desnudos; ni otro tiempo establecido, que esa eternidad de tu parpadear y sonreírme.





*


viernes, julio 3

¿Por qué no sueño con Chinos?



"me ocurre sentir (...) que la realidad es irreal"

(Ionesco)




Estaba en Beltrán. El lugar era igual de chiquito, pero muy limpio, y algunas construcciones griegas. Con mi bici, visito a Chirico que tropieza, se levanta, va por la otra puerta de su casa, y se escucha que tropieza y ríe. Yo sigo en mi bici por un camino de tierra, por medio de un bosquecito. Llego a la ruta y una gente que estacionaba su auto, me indicó cómo llegar a Córdoba. Tenían caras muy grandes, creo que sin ojos, pero sonreían y me fui porque tuve un poco de miedo. En dos pedaleadas, vi el mar, el atardecer sobre el mar. Costeaba el mismo bosquecito, y disfrutaba del ocaso, con algo de miedo, también, a ese bosque.

Mi pieza está oscura y trato de recordar para escribir esto. Entonces me levanto rápido, y ya estoy vestido, y bañado. Camino a la cocina por mi desayuno y me siguen unos amigos que hice en Chile. Sobre la mesa un frasco con dulce de membrillo. Les digo: “¡Tienen que probar esto!” mientras meto el dedo y después me lo chupo. Los chilenos se quedan ahí, en silencio, con los ojos bien abiertos, como asustados, entonces: “NO, esto es Córdoba…” y una cámara rápida los succiona por la espalda y desaparecen.

Yo (como ellos en sus casas) también despierto.

Lo único que me queda más o menos claro, es que les ofrecí dulce porque sabía que ellos comen todo muy dulce y pensé que les gustaría el de membrillo.

miércoles, junio 10

El César





“Se salva… este.”- Fue una decisión difícil, por eso su mirada aun lo piensa, aunque ya esté todo dicho, y bajo ninguna excusa cambiará de opinión.


Los sábados de otoño, en una iglesia evangelista del barrio, abren unos baúles llenos de ropa usada para regalar. La semana pasada cruzó pero no entró, con lo cual provocó a su curiosidad, que no lo dejaría en paz hasta volver.

El César en su bici, como por casualidad, se pasa un poco de la puerta de entrada, frenando despacito. Asoma la cabeza y ahí se queda un tiempo hasta que lo invitan a pasar. No hay necesidad de resaltar la felicidad exagerada con que lo recibieron los evangelistas; ya que, se sabe, son personas muy atentas, especialmente cuando ven a alguien como El César buscando alguna pilcha que sirva de abrigo.

-“toda la ropa que hay acá es para vos, ¡incluyendo la mía!”-(Risas, palmadas en el hombro-espalda)- “Ahora en serio, son donaciones que hacen grandes vecinos y podes elegir la que quieras, ¡buscate una que te entre!”-(Risas, palmadas en el hombro-espalda). “No se que le pusieron a este mate, amigo…” Cuando el exceso de alegría se trasladó al patio, en el cuarto solo quedó: El César, cinco baúles y tres percheros cargados de todo tipo de ropa, y un problema: qué elegir.

Buen rato estuvo El César husmeando cada sucucho de los baúles, de los percheros. La intriga y la desilusión luchaban a cada trapo. Primero, muchos colores y prometía, no llegaba a desenvolver el menjunje de telas que se encontraba frente a una calza, una bermuda, o alguna otra prenda igualmente obsoleta en otoño. Cansado ya de cargar con harapos que jamás iba a usar, estaba a punto de rendirse cuando los encontró.

Con la punta de los dedos enganchó del fondo de uno de los baúles dos sacos: el de un tarje, y uno de lana. Contemplando ambos, dejó caer el resto sin prestarle atención y su mirada se debatía en pros y contras, de uno y otro. Por un lado, la elegancia. Los botones plateados; las delicadas líneas gris-oscuras, contra la suave tela negra; un forro interno (que aparentaba) abrigado; bolsillos por todas partes. Era cuestión de una planchada de tintorería, y El César estaría rozándose con La alta. Por el otro… ¿Qué es esto? Parece como si un ejercicio de revista de tejer, acompañado de alguna Tía Luisa y unas vacaciones de invierno: habrían gestado este cachivache de lana. Simpático, austero, aunque algo comido por las polillas, sus colores y sus cinco enormes botones de madera cautivaron Al César y lo pusieron en un terrible dilema.

¿Traje o Lana? Es la cuestión Del César.


Bien doblado sobre la parrilla de la bici, lo ató prolijamente.

Zigzagueando de contento orientaba pa´las casas.

Quién lo iba a decir… ¿Qué lo motivó en su decisión? Creo que ni él lo sabe. La cosa es que da mucho gusto ver colgado en la terraza, a pleno sol de otoño, bailando apacible -con el viento que lo embolsa- al austero, al hilachento y colorinche saco de lana.




sábado, junio 6




"uno se acerca, por casualidad,

siente, y se queda, y poco a poco, así
uno se enreda, crece la dulzura
y luego se combate; hay entusiasmo
entonces el dolor acude, y antes
de darnos cuenta, ya está la novela."
("Fausto", Goethe)